Una persona que sufre un ataque de pánico experimenta un período de miedo intenso o incomodidad al sentir físicamente una combinación de estos síntomas: palpitaciones, mareos o aturdimiento, temblores, náuseas o dolor abdominal, escalofríos o sofocos, dificultad para respirar, o una opresión alrededor del tórax tan extrema que puede sentirse como un ataque al corazón. Las personas que sufren un ataque de pánico pueden sentirse como si estuvieran a punto de morir, por “perder el control” o “volverse locos”. Pueden sentir que el mundo parece irreal, o pueden sentirse separados de sí mismos. Cuando los ataques de pánico se repiten y son seguidos por temores significativos de su reaparición y por cambios en el comportamiento, como evitar las circunstancias que la persona teme desencadenará un ataque, se diagnostica a esa persona como padeciente de un trastorno de pánico.
Una persona que sufre a menudo siente que los ataques de pánico surgen de la nada, pero en la consulta y el tratamiento psicoanalítico, los desencadenantes se distinguen por la ansiedad. Los temores sobre la separación o pérdida inminente, o sobre la propia agresión o sexualidad, pueden causar ansiedad, al igual que el temor a perder el control personal. A menudo, los ataques de pánico se manifiestan en el contexto de cambios importantes en la vida (graduación, un nuevo trabajo, una promoción) que tienen un significado subyacente en conflicto para el individuo. El psicoanalista ayuda a la persona ansiosa a recuperar un sentido de control emocional al considerar el significado de los síntomas en el contexto de su vida y sus relaciones.
